¡San Valentín se mudó a WhatsApp!

A propósito del Día del Amor y la Amistad, que tiene al mundo comercial alborotado y volcado a la red, me anima escribir sobre el tema de las relaciones virtuales a partir de una pregunta que estoy segura muchos se hacen por estos días ¿es posible lograr conexiones emocionales trascendentes en internet?

Todo parece indicar que si, no sólo porque existen investigaciones que lo confirmen, sino además porque la experiencia diaria de interactuar con otros y poder percibir sus estados emocionales más allá de lo que escriben, nos da una pauta para inferir «cosas» y llegar a juicios de valor que impactan la interacción. Leer «lo que no se dice» forma parte también de la Comunicación No Verbal, tema que es mi «leit motiv»(1) por estos días. 

Es un hecho que las relaciones virtuales mediadas por la tecnología han expandido la comunicación humana, pero también lo es, que esta nueva realidad exige un cambio de mentalidad que aún hoy, a muchos, nos cuesta asumir. 

En mi caso particular he convivido por mucho tiempo con el paradigma según el cual no es posible construir vínculos afectivos poderosos y sólidos a través de sostener relaciones virtuales. Hasta hace muy poco era completamente escéptica sobre plataformas que promueven las relaciones a distancia a pesar de las frecuentes historias de personas que han conseguido su «naranja y media» en la red. (Uff la diáspora venezolana cuenta innumerables historias sobre esto que ameritan un escrito aparte).

Relacional como soy,  pensaba que la existencia de apps y plataformas que facilitan la búsqueda de pareja eran cuando menos, vanas y superfluas, pues, ¿cómo es que nos podemos enamorar hasta el punto de casarnos sin que medie el contacto físico, sin que haya el beso apasionado o el toque consciente? ¿Sin perdernos en los ojos de la persona que nos atrae infinito?¿Es que acaso los emojis pueden reunir toda la riqueza de la emoción del agrado, la sorpresa, la alegría o el enfado? 

Algunas investigaciones recientes han llegado a la conclusión de que esta forma moderna de interrelacionarnos a través de la red y la proliferación de aplicaciones que moderan la interacción, puede ser tan eficiente a la hora de «conectar» profundamente con otros, y concluyen que es posible extraer de las conversaciones en los chats, lecturas de los rasgos de personalidad a través de analizar varios elementos, incluso más allá de observar la foto de perfil o lo que esa persona escribe.

Una de estas investigaciones está plasmada en «TTYL: Nonverbal cues and perception personality and homophily in synchronous mediated communication» de Krishnan A. y Hunt D. S. (2019) en la que se analizan posibles señales no verbales en la comunicación a través de internet  así como su influencia en la percepción sobre la personalidad del otro y sobre la similitud con el otro.

Según este estudio, cuando utilizamos mensajería instantánea también están presentes las señales no verbales que, aunque difieren de las que se producen en la interacción cara a cara, cumplen la misma función. A este respecto, identifican algunos sustitutos no verbales en la comunicación como por ejemplo, la velocidad de respuesta, uso de emojis, acrónimos o la alteración de estructura de las frases, tiempo de interacción, frecuencia, pausas y silencios.

Partiendo de la premisa de que «todo comunica», las señales no verbales que identificamos en la conversación virtual son especialmente útiles para la formación de impresiones, ya que se consideran menos controlables que el lenguaje verbal. No es que seamos desconfiados de lo que otros nos dicen, pero lo lingüístico, la palabra es racional y está regulada por ciertas normas sociales mientras lo actitudinal, expresado en la forma de relacionarnos (emociones), es más genuino y para un observador sagaz, contiene mucha más información que lo meramente hablado o escrito.

Pensando en este paradigma, que ha sido abordado por los investigadores y cuyas aristas son de lo más diversas, decidí experimentarlo por mí misma activando un reto en el cual durante unas horas haría una dieta de silencio y sólo podría expresarme a través de emojis, mientras el hombre que está en el centro de mis pensamientos desde hace algún tiempo y que vive a distancia debería hacerme hablar.

Este simple reto, un experimento ingenuo si se quiere, sirvió para validar mi creencia sobre el poder que tiene el silencio al momento de sostener conversaciones a través del chat. Al plantear el reto, la emoción propia y del otro activó una chispa increíble y comprobé que ciertamente la emoción puede ser tan intensa como cuando ves a esa persona cara a cara. También pude comprobar que los emojis y los gifs, creados por la ingeniería y la psicología social justo para «humanizar la red», no son suficientes para comunicar ideas completas, pero ayudan a que la comunicación sea más animada, fluida y divertida. 

La clave está, a mi juicio, en entender que «todo comunica», captar las señales no verbales nos permite hacer inferencias emocionales. Esta es una destreza que se entrena.  Se trata de abordar el análisis de la comunicación de manera contextual, expandir la percepción en 360o  «darnos cuenta» y desde el observador que somos  detectar rasgos actitudinales que se traduzcan en una conexión más real y auténtica, que si bien no sustituye la riqueza del «cara-cara», sea capaz de fomentar relaciones sanas y expansivas para sus protagonistas.

En conclusión, hay riqueza en la comunicación virtual y una conexión real al igual que en la comunicación interpersonal, cara a cara; no obstante que sea menos rica por las limitaciones propias que plantea el no estar presente. Entender la realidad es la única forma de incidir en ella, por eso es vital reconocer que los viejos paradigmas de relaciones han dando paso a novedosas formas de interacciones que también son auténticas, válidas y trascendentes.

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Referencias bibliográficas:

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